Impuntual

Milton era el supervisor de salidas más estricto que había trabajado allí. Cualquier indisciplina merecía ejemplar castigo.

—Señor Milton, permítame explicarle por favor…

—Soto, es mi profundo desprecio por las excusas, lo que le ha valido a esta estación una impecable reputación. Mañana llevará su último tren, queda despedido.

Al terminar su turno, Milton fue por un ron para calentarse. En el bar, una atractiva joven lloraba su ruptura marital frente a una copa de vino. Una sensación extraña lo impulsó a acercarse a la desconsolada y las bebidas llevaron el encuentro hasta las sábanas.

La mañana siguiente Milton llegó tarde, pero el tren de Soto había salido puntual.

Decidió no reportar el despido. Quizá Soto no era tan malo.

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La isla

Cuando llegó a aquella isla, pues era la única manera en que concebía llamarle a aquel aislado lugar, contempló el horizonte verde que se extendía por kilómetros de ininterrumpida neblina.

Se deslizó lentamente por el árido y rojo suelo, cuidando los flancos, con un ojo siempre hacia el camino de regreso. Continuó avanzando hasta que, a su derecha, un movimiento torpe le hizo reparar en lo que inicialmente, por sus agudos bordes y coraza metálica, había tomado por un artefacto, pero que resultó ser el único habitante, que ahora le saludaba de la forma más peculiar que había visto jamás.

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CGA260207 – Sobre este cuento
Este cuento de isla misteriosa traza un breve pero sugerente recorrido por un territorio incierto, donde la percepción se enfrenta a lo desconocido. Como relato corto de exploración y cuento breve de ciencia ficción, la narración sugiere más de lo que revela, deteniéndose en la inquietud del hallazgo: una narrativa breve sobre encuentro con ser extraño en un entorno aislado y ajeno.

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Ruta Nacional 1, Sahara Mauritano

Al Dr. Eyre, la gasolina y la vida se le agotaban entre las arenas calientes de la carretera que cruza el Sáhara. Solo el roce hirviente del llavero de tigre contra su rodilla desnuda lo arrancaba de sus cavilaciones.

Acelerar era tan absurdo, como haber decidido atravesar el desierto solo, viajando en una reliquia de combustión. ¿De qué le valía su genialidad para inventar el elixir que ahora preservaba jóvenes a millones, si no podía revertir su vejez, ni alargar su vida, ni convertirse en gasolina?

El llavero que un día lo identificó como fiero e invencible, ahora le retachaba a fuego su fragilidad. Los hierros abrasados de su Rubicon marrón modelo 2035, resultaban irónicamente el ataúd perfecto para incinerar su cuerpo con ráfagas ardientes de aire y arena que le quemaban el rostro mientras avanzaba imparable hacia su muerte.

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CGA260216 – Sobre esta obra.
Este relato de viaje solitario se despliega como una meditación sobre la fragilidad humana frente a la inmensidad. Enmarcado como historia en la Ruta Nacional 1 y narración sobre crisis en carretera, el texto contrapone el avance mecánico con el desgaste del cuerpo. Como relato atmosférico en el desierto del Sahara, sugiere una tensión constante entre dominio y decadencia.

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Mariposas en el camino

Hacia el lejano destino
Veloces avanzamos
Viajando sobre alfombra gris
Por el camino andamos

Ellas surgen de la orilla
Cual requinto de violín
Vuelan notas amarillas
Que se pintan de carmín

Tu corazón se estremece
Revelando indignación
Tu mirada me fulmina
Con un trazo de dolor

Me sentencias al silencio
Me acorralas sin hablar
Finjo hacerme al inocente
Continuando mi guiar

De mi mano te retiras
Abandonas tu lugar
Tu rabieta sin sentido
No hace más que enamorar

En tus ojos se reboza
Ese enorme corazón
Que ama aquello que está vivo
No le importa condición

Aunque sé que este litigio
En olvido ha de acabar
No hay remedio en evitarlo
Eso significa amar

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Sobre este Poema.
Este poema, mariposas en el camino traza un delicado contraste entre el amor y el conflicto, donde el simbolismo de las mariposas ilumina la fragilidad de las emociones humanas. En esta poesía breve romántica, lo efímero adquiere peso y sentido, revelando cómo incluso la discordia puede ser una forma de afecto profundo.

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La ventana de mi vecino

La luz ambarina en la ventana de mi vecino era la prueba. Ese maldito viejo sabía que usar el libro traería calamidad al pueblo entero. La curandera fue explícita: “La magia que contiene es poderosa, pero oscura. Devolvedlo a donde lo encontraron”.

Pero el dolor de la viudez hace débil al hombre. La pérdida del ser amado no entiende advertencias, solo entiende el ardor de la herida abierta que amontona las ausencias en la cabeza y el corazón.

Nunca debimos arrancarlo de su justo claustro, para saciar nuestra infantil curiosidad. Después de aquel mediodía, vuelto noche por nubes cargadas de maldad, nuestro pueblo se hizo un cementerio habitado por almas que penaban por las calles.

Todos huyeron antes de lo que anticipé, y finalmente tuve que abandonar mi hogar, buscando un lugar en el que la barrera entre el mundo de los vivos y el de los muertos aún existiera.

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CGA260309 – Sobre esta leyenda
Este relato forma parte de la colección de leyendas, donde las advertencias ignoradas y las fuerzas que no deben tocarse desencadenan consecuencias irreversibles. A través de una voz íntima y colectiva, la historia explora la pérdida, la transgresión y el frágil equilibrio entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

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Quédatelas (de Texas)

No debía revelar aquel cosquilleo cálido que sintió al ver desplomarse de golpe al rey entre un sirviente y el mayor contable del mismo palo. Oculta, su alianza real resultaría letal para sus enemigos. Llamó a continuar con calma, para no ahuyentarlos y todos siguieron.

Entonces un giro desfavorable hizo sudar sus dedos. Pero inmutable, se envalentonó y subió con ánimo quedo. Solo un jugador se doblegó. Finalmente, desde el rio vio izarse al último rey y entró con todo.

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CGA260106 – Sobre este relato
Este relato experimental de estrategia despliega una escena ambigua donde el juego funciona como lenguaje oculto. Como texto experimental inspirado en juego y narrativa simbólica sobre juego y dominio, la tensión se construye en gestos mínimos y decisiones veladas. Es, a la vez, un relato metafórico sobre riesgo y control, donde el engaño se vuelve forma y fondo.

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La pirámide seca

El día era caliente, implacable. Los rayos del sol arrancaban la humedad inexistente que el suelo intentaba retener. A un costado del templo de Chichén Itzá, dos hombres hablaban sentados junto a la puerta de una habitación de adobe y palma.

—Dime, Gran Sabedor de sueños, ¿Debemos celebrar ceremonia esta luna? —habló el más joven, de corazón puro como el viento, intentando disimular el apuro de sus pensamientos.

—Tal como debe hacerse cada quinta luna —respondió el viejo.

Su voz era profunda como caverna y su eco resonó en las laderas de piedra. Era un viejo delgado, marchito, de pellejo curtido por el hambre y por el tiempo.

—Gran Sabedor de sueños, ¿Acaso nos castigan los dioses por el que quitó la espiga del altar para ponerla en su mesa?

Una brisa bochornosa hizo temblar ramas sin hojas, levantó polvo rojizo en remolinos sobre el guano. Aire espeso, enrarecido, iba cargando humo lejano.

El viejo guardó silencio.

—¿Cuántas vírgenes más debemos ofrecer por el perdón? —preguntó nuevamente, agitando los brazos rollizos en plegaria de respuesta.

 —Hay cosas que solo a los dioses corresponde entender.

—¿Se nos devolverán las aguas del cielo? —replicó de inmediato. Las palabras le secaron la boca.

Bajo la inmensidad azul que todo lo cubre, un ave solitaria cortaba en círculos la tersura de las nubes. Su sombra, manchaba las piedras blancas labradas por aquellos hombres cuyos nombres ya no eran recordados.

El viejo sostuvo la mirada clavada al cielo y habló.

—¿Ves a aquel pájaro negro?

El joven de corazón puro como el viento, miró al zopilote y asintió.

—¿Sabes lo que significa?

Unas llamas le recorrieron el robusto cuerpo. Por un instante pensó en su pueblo, asediado por sequía de seis veranos. Pensó en los hombres fatigados de plantar sin cosechar; en las mujeres, cargando el agua sobre sus cabezas por interminables veredas en la maleza. La carrera de una gota de sudor lo devolvió frente al viejo. Al intentar tocarla, la descubrió seca.

—Significa que hay un animal moribundo cerca.

—Ese pájaro augura la muerte. Puede ver una presa herida, vieja o enferma y adivina cuando su tiempo está por terminar. Su presencia es de temer en este lugar.

El de corazón puro como el viento, miró a su alrededor. Estrechó las piernas hacia el tronco que usaba de cimiento, y acomodó su única prenda.

—No veo la presa.

—La ves, pero no la reconoces. Y no la reconoces, porque sabes que hoy comerás.

Era cierto. Su prolongado ayuno terminaría pronto. Sus entrañas reclamaban alimento, y aunque la comida no sería abundante, saciaría su hambre.

—Pero Gran Sabedor de sueños… las piedras no pueden morir de sed.

Su garganta se cerró al exhalar. Podía sentir la transpiración dejar sus poros sin mojarle. Le faltaba el aire.

—La pirámide es más que piedras en orden, representa a nuestro pueblo ante los dioses y los hombres.

—Dame tu consejo, Gran Sabedor de sueños, pues el agua que brota de la tierra se aleja a cada sol. Racionamos cada grano, cada fruto y cada flor. El gobernante asegura que tendremos suficiente para tres veranos, pero nuestras cosechas se secan bajo el yugo del calor.

—El gobernante muestra lo que el pueblo clama, pero ocultar las grietas no las sana.

—Dime, Gran sabedor de sueños, ¿Cómo calmamos la ira de los dioses? ¿Cómo recobramos su favor?

Su corazón palpitó más rápido, buscando salir del pecho que lo cocía. El viejo bajó la vista, sin mirarlo. Sus ojos blanquecinos estaban absortos en la nada. Con calma, respondió.

—El gran ceibo no muere en un día. Su sangre deja de fluir de a poco. A cada luna, sus retoños se hacen escasos y sus raíces se aferran a la tierra inerte hasta que su corteza deja de latir. Como todo lo que nace, tiene que morir. El destino del pueblo maya…

El joven, de corazón puro como el viento, no alcanzó a escucharlo. Su cuerpo giró en un remolino veloz. Perdió el conocimiento y se desmayó.

La noche era caliente, implacable. Al despertar de su sueño tenía cincuenta veranos. Las ramillas de su lecho reposaban empapadas con sudor. Era un anciano, de corazón puro como el viento, era el Sacerdote Astrónomo de los Mayas de Chichén Itzá. Su aprendiz le ayudó a incorporarse.

Al caminar hacia la otra habitación, no pudo evitar pensar en la comida que le esperaba. Pero también le esperaban los sacerdotes de Kabah, Uxmal y Labná.

Los pueblos hermanos padecían la misma hambre, la misma sed. La civilización completa perecía inevitablemente a la sequía. Ellos le rodearían con sus caras ansiosas, mientras él se desperezaba de su trance. Demandarían respuestas, pero él no las tenía.


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CGA260220 – Sobre esta Leyenda maya
Esta leyenda sobre civilización maya entrelaza sueños sobre el destino con la decadencia de un pueblo que busca respuestas en antiguos rituales. El relato sugiere que, más allá de la voluntad humana, existen fuerzas inevitables que marcan el curso de toda civilización.

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