El perro bravo

—Fueron los voladores los que lo volvieron loco. Me preguntaron si lo amarré. ¿Que si lo amarré? ¡No lo podía ni tocar! Y es que tienes que entender que un perro recién adoptado necesita tiempo para conocer a su amo. Luego me dijeron que mordió al viejo y a la muchacha. Pero ¿cómo pude haber sido más cuidadoso? Lo dejé encerrado. No fue mi culpa.

—Lo vi venir desde la esquina. Siempre estoy atento a la ventana. Me pareció muy inquieto y tenía la cola entre las patas. Mi vecina no lo vio. Intenté avisarle y bajé corriendo las escaleras, pero como siempre, ella estaba distraída. Yo vi cuando salió de su casa y el perro la atacó. Estaba rabioso o yo qué sé. Luego llamé a la ambulancia, pero el perro se había ido. Se fue como llegó. Es culpa de su dueño. Lo descuidó.

—Pues no me lo esperaba. Yo estaba buscando a mi gato y lo había visto esconderse en el jardín de la casa de enfrente. Cuando abrí mi reja para ir por él, sentí los colmillos en mi cuello. Mi vecino estaba gritando. Puse mis manos hasta que el perro me soltó. Luego me dijeron que también había mordido a un señor y a él sí le fue mal. Lo mío solo fueron unas puntadas, pero él se quedó en el hospital. Mi gato está bien.

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CGA260302 – Sobre este relato
Este relato inquietante de múltiples versiones explora cómo la percepción de la realidad se fragmenta a través de distintos testimonios. Entre incertidumbre, ambigüedad y hechos contradictorios, la historia sugiere que la verdad puede ser tan inestable como la memoria de quienes la narran.

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Quizá

Roberto tenía el recuerdo aún fresco, como si hubiera sucedido ayer. Dos jóvenes en la estación.

Camila llevaba aquel perfume que los dos habían comprado en el viaje a Europa en el 53, en aquella tienda pequeña, pero bien iluminada que estaba en la esquina de San Patricio con General Ricardos.

Roberto la había abrazado con fuerza. Sus labios se habían tocado y las mejillas se habían enrojecido.

—¿Al menos me escribirás? ¿Cambiarás de parecer? Tal vez llegarás a comprender…

—O tal vez seas tú quien recapacite —cortó Roberto.

—Sabes que te amo, pero… quiero ser una actriz famosa, una estrella del espectáculo.

—Entonces date prisa, el tren está por partir.

—¿Lo harás? Dejé mi dirección sobre la mesita de noche, junto a la silla azul.

—Lo pensaré.

Entonces ella subió al vagón sin más demora, y la máquina echó humo e inició su marcha.

Roberto se retiró a su casa. Buscó en la mesita de noche la dirección, y guardó el papel en un cajón.

—Quizá…

Meses después la vio en la televisión. Estaba vestida con un traje rojo de astronauta, huyendo de un extraterrestre que la perseguía. Se veía hermosa y flamante. Pensó en el papel con la dirección que estaba en su cajón.

—Quizá…

Llegó el invierno. Roberto había llevado a otra chica al cine. Realmente no le gustaba, pero algo tenía que hacer. Camila era la protagonista de la película. Ya no era astronauta, sino una brillante doctora que daba nueva vida a sus pacientes. La cámara le favorecía. Pensó nuevamente en la dirección guardada en su cajón.

—Quizá…

Despertó agitado, el sol comenzaba a salir. La había visto nuevamente en sus sueños. Camila le tomaba la mano y juntos caminaban por un campo de margaritas hacia el horizonte.

Se levantó lentamente de la cama, y con andar taciturno llegó hasta el cajón y lo abrió. Ahí estaba la dirección. Se miró al espejo pensando en Camila.

Un rostro anciano le devolvió la mirada. Era delgado y familiar, surcado por las líneas que deja el tiempo a su paso, pero en los ojos había resurgido un brillo, fruto del recuerdo de aquella estación de tren en donde habían estado juntos por última vez. Tomó lápiz y papel, se sentó a la mesa debajo del ventilador y comenzó a escribir.

—Quizá…

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CGA250913 – Sobre este cuento sobre el paso del tiempo
Este relato sobre oportunidades perdidas explora el paso del tiempo a través de recuerdos y decisiones postergadas. Entre nostalgia y silencios, la historia sugiere que aquello que no se elige también define el destino. Un cuento sobre lo que pudo ser.

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Una noche, una silueta

Una noche, una silueta apareció ante su mirada atónita. Era el perfil bien enfocado de un niño de su edad, por fuera de la ventana que da al balcón del segundo piso.

Le preguntó a su madre si lo veía y ella asintió, pero su hermana y su padre, que se encontraban en la misma habitación lo negaron.

—Seguro es Moisés —dijo, mientras abría la puerta del balcón a toda prisa para saludarlo, pero lo encontró vacío, sin rastro de escalera, soga o niño.

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CGA251208 – Sobre este cuento de suspenso
Este relato de percepción forma parte de la colección de cuentos de suspenso centrados en lo inexplicable y la percepción. A través de una escena breve, la historia plantea una duda inquietante: no todos ven lo mismo, y aquello que aparece ante unos puede permanecer invisible para otros.

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La isla

Cuando llegó a aquella isla, pues era la única manera en que concebía llamarle a aquel aislado lugar, contempló el horizonte verde que se extendía por kilómetros de ininterrumpida neblina.

Se deslizó lentamente por el árido y rojo suelo, cuidando los flancos, con un ojo siempre hacia el camino de regreso. Continuó avanzando hasta que, a su derecha, un movimiento torpe le hizo reparar en lo que inicialmente, por sus agudos bordes y coraza metálica, había tomado por un artefacto, pero que resultó ser el único habitante, que ahora le saludaba de la forma más peculiar que había visto jamás.

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CGA260207 – Sobre este cuento
Este cuento de isla misteriosa traza un breve pero sugerente recorrido por un territorio incierto, donde la percepción se enfrenta a lo desconocido. Como relato corto de exploración y cuento breve de ciencia ficción, la narración sugiere más de lo que revela, deteniéndose en la inquietud del hallazgo: una narrativa breve sobre encuentro con ser extraño en un entorno aislado y ajeno.

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Ruta Nacional 1, Sahara Mauritano

Al Dr. Eyre, la gasolina y la vida se le agotaban entre las arenas calientes de la carretera que cruza el Sáhara. Solo el roce hirviente del llavero de tigre contra su rodilla desnuda lo arrancaba de sus cavilaciones.

Acelerar era tan absurdo, como haber decidido atravesar el desierto solo, viajando en una reliquia de combustión. ¿De qué le valía su genialidad para inventar el elixir que ahora preservaba jóvenes a millones, si no podía revertir su vejez, ni alargar su vida, ni convertirse en gasolina?

El llavero que un día lo identificó como fiero e invencible, ahora le retachaba a fuego su fragilidad. Los hierros abrasados de su Rubicon marrón modelo 2035, resultaban irónicamente el ataúd perfecto para incinerar su cuerpo con ráfagas ardientes de aire y arena que le quemaban el rostro mientras avanzaba imparable hacia su muerte.

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CGA260216 – Sobre esta obra.
Este relato de viaje solitario se despliega como una meditación sobre la fragilidad humana frente a la inmensidad. Enmarcado como historia en la Ruta Nacional 1 y narración sobre crisis en carretera, el texto contrapone el avance mecánico con el desgaste del cuerpo. Como relato atmosférico en el desierto del Sahara, sugiere una tensión constante entre dominio y decadencia.

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Quédatelas (de Texas)

No debía revelar aquel cosquilleo cálido que sintió al ver desplomarse de golpe al rey entre un sirviente y el mayor contable del mismo palo. Oculta, su alianza real resultaría letal para sus enemigos. Llamó a continuar con calma, para no ahuyentarlos y todos siguieron.

Entonces un giro desfavorable hizo sudar sus dedos. Pero inmutable, se envalentonó y subió con ánimo quedo. Solo un jugador se doblegó. Finalmente, desde el rio vio izarse al último rey y entró con todo.

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CGA260106 – Sobre este relato
Este relato experimental de estrategia despliega una escena ambigua donde el juego funciona como lenguaje oculto. Como texto experimental inspirado en juego y narrativa simbólica sobre juego y dominio, la tensión se construye en gestos mínimos y decisiones veladas. Es, a la vez, un relato metafórico sobre riesgo y control, donde el engaño se vuelve forma y fondo.

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