Luciérnagas

Aún quedamos personas que valoramos los libros antiguos. En Yucatán, al menos en teoría, se pueden encontrar auténticos tesoros en viejas bibliotecas personales, como cualquiera de los trabajos de Eulogio Palma y Palma o incluso una copia completa de “Cartas al General Bocanegra”, de Don Luis Richaud Cortínez, obra de la que solo se conservan fragmentos, y que es de valor incalculable para los conocedores.

Pero a veces, la suerte regala un solo brillante al ojo atento, que es suficiente para infundir en uno, las ganas de continuar explorando letras de otros tiempos. Textos que despiertan la nostalgia con el correr de las páginas entre los dedos, o el peso del libro bajo el brazo.

Admito que fue así como encontré esta pequeña joya que transcribo sin agregar o quitar palabra. No menciono el nombre del autor, porque no lo conozco, ya que, por desgracia, sólo un frágil manojo incompleto de hojas amarillentas, unidas con hilos rasgados por los años es lo que sobrevive de lo que, estoy seguro, fue un majestuoso volumen de leyendas. Vamos a ello.

Luciérnagas

Se dice que acaeció una noche, antes de los tiempos de los hombres, cuando las grandes bestias vagaban libres por la selva parda y solo la naturaleza imponía su absoluta ley. En un íntimo rincón de ramas y hojas, una libélula y un escarabajo se amaron en amor prohibido hasta que las antenas se les trenzaron a las patas y la fricción soldó sus cuerpos.

Entonces, el funesto viento del norte, enardecido por aquella ofensa, blandió contra ellos su espada invisible, fría como el hielo y filosa como el ónix. Las indefensas criaturas aladas batieron abrumadas mientras eran arrastradas brutalmente sobre la hierba.

Pero fue la infinita bondad del astro blanco, cuyo corazón se había conmovido por la pureza del amor castigado sin piedad, quien, adelantando el peligro de muerte para los amantes, intercedió con un poderoso haz de luz que ni el mayor de los huracanes habría detenido; intervino el tiempo y salvó sus vidas.

Como legado de su complicidad aprobatoria, le concedió a cada uno un pedazo de brillo para poder reencontrarse, cuando el viento celoso, durmiera.

Y así, cada noche, mientras la brisa es calma y la noche oscura, dos amantes se buscan en vela con sus destellos, para reunir su amor, como luciérnagas.

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CGA260314 – Sobre esta leyenda de luciérnagas.
Esta leyenda de luciérnagas, ambientada en un contexto evocador de Yucatán y de antiguos manuscritos, presenta una interpretación simbólica del amor prohibido y su transformación en luz. Como cuento corto de amor prohibido, sugiere un posible origen de las luciérnagas desde una perspectiva poética, vinculada a la tradición de relatos breves y a la fascinación por los libros antiguos.

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La ventana de mi vecino

La luz ambarina en la ventana de mi vecino era la prueba. Ese maldito viejo sabía que usar el libro traería calamidad al pueblo entero. La curandera fue explícita: “La magia que contiene es poderosa, pero oscura. Devolvedlo a donde lo encontraron”.

Pero el dolor de la viudez hace débil al hombre. La pérdida del ser amado no entiende advertencias, solo entiende el ardor de la herida abierta que amontona las ausencias en la cabeza y el corazón.

Nunca debimos arrancarlo de su justo claustro, para saciar nuestra infantil curiosidad. Después de aquel mediodía, vuelto noche por nubes cargadas de maldad, nuestro pueblo se hizo un cementerio habitado por almas que penaban por las calles.

Todos huyeron antes de lo que anticipé, y finalmente tuve que abandonar mi hogar, buscando un lugar en el que la barrera entre el mundo de los vivos y el de los muertos aún existiera.

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CGA260309 – Sobre esta leyenda
Este relato forma parte de la colección de leyendas, donde las advertencias ignoradas y las fuerzas que no deben tocarse desencadenan consecuencias irreversibles. A través de una voz íntima y colectiva, la historia explora la pérdida, la transgresión y el frágil equilibrio entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

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