Desde la primera vez que lo atendió le pareció despreciable. Un intento fallido de clase alta, lleno de ignorante y arrogante. Pidió la torta de empanizado de manera casi cruel, déspota. Le recordó más bien al odio que Hitler sentía por los impuros, tras ese bigote ridículo que compartían.
Pero no podía darse el lujo de negarle el servicio a un cliente solo por ser altanero. Llevaba pocos meses con el negocio y la cosa aún pintaba mal. Apenas salía la plata de la renta y de los dos empleados que se dividían las propinas para completar.
Sin embargo, su represalia podía ser de otra forma. Cosas simples como un gesto glacial o una idea violenta. Tenía sus recursos y los utilizó desde entonces.
Al llevarle el alimento a la mesa en un plato naranja cubierto con bolsa de celofán, lo posó con firmeza fúnebre de quien marca un límite.
—¿Qué va a tomar? —preguntó.
—La jamaica, a ver si aquí no le ponen mucha agua —contestó el cliente.
Tras verlo dejar el changarro, se remordió otras mentas que halló rechazadas en la bandejilla de la cuenta. Las mentas siempre calmaban sus ansias.
Pensó que no lo vería otra vez, pero a la mañana siguiente, al salir de la cocina llevando los tacos de la mesa seis, lo vio idiotizado sobre su móvil, esperando servicio. Anticipó el remedio a las ansias que ya sabía que sentiría al tomar la orden. Torta de empanizado y la jamaica con hielo, porque ayer estaba tibia.
Aplicó su venganza y endureció las facciones a tal punto, que la cara le dolió por la severa gimnasia facial que hizo al llevarle el plato envuelto en celofán y la jamaica sudando de frío.
Al tercer día de que se presentó, comenzó a sentir gratitud del dinero que el cliente traía a al negocio. Incluso los muchachos se enteraron de la propina desproporcionada del día anterior. Sin embargo, sabía que era una cara más de su asquerosa actitud, y lo hacía solo para sentirse superior.
El pedido fue el mismo. La jamaica muy sabrosa ayer, pero hoy quería probar la guayaba. La torta idéntica, por favor, que le gusta mucho el filete empanizado. Esta vez le suavizaron los cumplidos, y aunque aún odiaba ese bigote, se contuvo de arremeter contra él.
El plato envuelto en bolsa transparente apenas se deslizó sobre la superficie metálica de la mesa plegable.
—Provecho —le deseó.
Al día siguiente no volvió. Pensó en que hay quienes le huyen a las atenciones y a las buenas maneras, pues solo acostumbran el trato áspero y punzante.
Pasaron tres días más hasta que volvió a ver al cliente. Desde la cocina reconoció el bigote recortado en los flancos, y teñido de azabache como con pintura de zapatos.
Se acercó para tomarle la orden y pensó en preguntarle sobre su ausencia, pero no hubo necesidad.
—Quiero una torta de empanizado —dijo el cliente con seriedad —pero no como la que me trajo la última vez. Esa me supo a manteca rancia. Quiero la de los filetes empanizados marinados con hojas de menta. Me alivia el día tan pesado con su sabor fresco.
Entonces ya no sintió odio ni desprecio, sino pena y hasta compasión. Haría lo necesario para mantener a ese cliente contento y frecuente. En cocina le entregaron la torta de empanizado de siempre. Con calma masticó una menta de cortesía y antes de salir, escupió dentro de la torta.
CGA260710 – El mejor cliente
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