Como autor me es frecuente recurrir a la ficción. Sin embargo, hay veces que la realidad tiene matices interesantes. Este es uno de esos recuerdos de juventud que me sigue despertando curiosidad y en ocasiones, inspiración.
⬡ ⬡ ⬡
Tras el turbio despertar de una noche etílica, y aun destilando sus remanentes, la expectativa de repetirla nos dio energía para salir a buscar una aventura que llenase el tiempo hasta el anochecer.
Salimos a explorar el monte que quedaba detrás de la casa, a unos ochocientos metros de la playa, a pie de carretera. Para darle sentido al ocio, cargamos un par de rifles que prácticamente se nos colgaron a los hombros.
Al salir, nos recibió una mañana joven, fresca y bien iluminada, que apenas preparaba el calor húmedo que vendría al mediodía. Los insectos ocupados nos acechaban desde la espesura y una gaviota desde el cielo. Mientras caminábamos por la vereda, íbamos disparando plomo a cada coco a nuestro alcance.
Después de una centena de pasos sobre la angostura, el denso monte se detuvo a nuestro frente. El ventoso murmullo a lluvia seca de las palmeras alegres se retrajo hasta convertirse en un suspiro tenso. Los insectos que antes nos zumbaban con diligencia, parecieron encontrar oficio en otro lado y solo dejaron su silencio. Ni siquiera la gaviota nos siguió.
Un pequeño claro nos envolvió en el medio del camino. Las plantas parecían juzgar nuestra invasión inocente como inadecuada.
Al centro del terreno despejado, un enorme tronco dominaba las hierbas inclinadas a sus raíces. Tenía el interior seco, viejo y escarbado, pero no muerto, sino habitado. Dentro de él se podían ver herramientas caseras y algunos muebles: un banco frente a la mesa, sartenes de hierro colgadas en la madera y recipientes fabricados con caracolas y piedra.
Era una vivienda precaria que pudo haber pasado por común, de no haber sido por su tamaño siniestramente pequeño. Me hubiera sido imposible sentarme en el reducido mueble sin destrozarlo, y de haberlo querido, habría podido descolgar cualquier cacharro sin siquiera alzar mis brazos.
Siempre consideré las historias de aluxes como cuentos de hadas, invenciones de supersticiosos e inocentes y de adultos mayores. No obstante, frente a esa sencilla morada que aguardaba el retorno de su ocupante, mi incredulidad recibió un golpe fulminante del tropel de leyendas rememoradas.
Miré a mis amigos, mientras decidimos sin palabras que nuestra curiosidad había quedado saciada. Con respeto ceremonial, insólito en jóvenes de dieciocho años, nos colgamos los rifles en señal de paz y nos retiramos sin poner un dedo sobre lo visto.
Llegada la noche, después de la segunda botella, el impulso del tequila nos llevó hasta el techo. Queríamos probar nuestra valía para escalar el protector de hierro de la ventana, con la tonta excusa de mirar a las estrellas.
Ya arriba, mientras buscábamos el mar, escuchamos ruidos metálicos en dirección de la pequeña casa en medio del monte. Un pulsante resplandor amarillo encendía el reverso de las hojas de los árboles que la rodeaban, como cientos de ojos en la oscuridad.
Hablamos muy poco sobre el tema, pero al bajar del techo, nos quedó claro que no volveríamos a explorar esa parte del monte.
CGA260623 – En el medio del monte
A medio camino entre la memoria y el asombro, este relato narra un encuentro con la casa de un alux que cuestiona la frontera entre la experiencia y la tradición oral. Como relato de misterio en el monte, evoca la leyenda de los aluxes en Yucatán y se convierte en una historia real inspirada en una leyenda maya, donde lo inexplicable permanece intacto incluso muchos años después.
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