Milton era el supervisor de salidas más estricto que había trabajado allí. Cualquier indisciplina merecía ejemplar castigo.
—Señor Milton, permítame explicarle por favor…
—Soto, es mi profundo desprecio por las excusas, lo que le ha valido a esta estación una impecable reputación. Mañana llevará su último tren, queda despedido.
Al terminar su turno, Milton fue por un ron para calentarse. En el bar, una atractiva joven lloraba su ruptura marital frente a una copa de vino. Una sensación extraña lo impulsó a acercarse a la desconsolada y las bebidas llevaron el encuentro hasta las sábanas.
La mañana siguiente Milton llegó tarde, pero el tren de Soto había salido puntual.
Decidió no reportar el despido. Quizá Soto no era tan malo.