La pirámide seca

El día era caliente, implacable. Los rayos del sol arrancaban la humedad inexistente que el suelo intentaba retener. A un costado del templo de Chichén Itzá, dos hombres hablaban sentados junto a la puerta de una habitación de adobe y palma.

—Dime, Gran Sabedor de sueños, ¿Debemos celebrar ceremonia esta luna? —habló el más joven, de corazón puro como el viento, intentando disimular el apuro de sus pensamientos.

—Tal como debe hacerse cada quinta luna —respondió el viejo.

Su voz era profunda como caverna y su eco resonó en las laderas de piedra. Era un viejo delgado, marchito, de pellejo curtido por el hambre y por el tiempo.

—Gran Sabedor de sueños, ¿Acaso nos castigan los dioses por el que quitó la espiga del altar para ponerla en su mesa?

Una brisa bochornosa hizo temblar ramas sin hojas, levantó polvo rojizo en remolinos sobre el guano. Aire espeso, enrarecido, iba cargando humo lejano.

El viejo guardó silencio.

—¿Cuántas vírgenes más debemos ofrecer por el perdón? —preguntó nuevamente, agitando los brazos rollizos en plegaria de respuesta.

 —Hay cosas que solo a los dioses corresponde entender.

—¿Se nos devolverán las aguas del cielo? —replicó de inmediato. Las palabras le secaron la boca.

Bajo la inmensidad azul que todo lo cubre, un ave solitaria cortaba en círculos la tersura de las nubes. Su sombra, manchaba las piedras blancas labradas por aquellos hombres cuyos nombres ya no eran recordados.

El viejo sostuvo la mirada clavada al cielo y habló.

—¿Ves a aquel pájaro negro?

El joven de corazón puro como el viento, miró al zopilote y asintió.

—¿Sabes lo que significa?

Unas llamas le recorrieron el robusto cuerpo. Por un instante pensó en su pueblo, asediado por sequía de seis veranos. Pensó en los hombres fatigados de plantar sin cosechar; en las mujeres, cargando el agua sobre sus cabezas por interminables veredas en la maleza. La carrera de una gota de sudor lo devolvió frente al viejo. Al intentar tocarla, la descubrió seca.

—Significa que hay un animal moribundo cerca.

—Ese pájaro augura la muerte. Puede ver una presa herida, vieja o enferma y adivina cuando su tiempo está por terminar. Su presencia es de temer en este lugar.

El de corazón puro como el viento, miró a su alrededor. Estrechó las piernas hacia el tronco que usaba de cimiento, y acomodó su única prenda.

—No veo la presa.

—La ves, pero no la reconoces. Y no la reconoces, porque sabes que hoy comerás.

Era cierto. Su prolongado ayuno terminaría pronto. Sus entrañas reclamaban alimento, y aunque la comida no sería abundante, saciaría su hambre.

—Pero Gran Sabedor de sueños… las piedras no pueden morir de sed.

Su garganta se cerró al exhalar. Podía sentir la transpiración dejar sus poros sin mojarle. Le faltaba el aire.

—La pirámide es más que piedras en orden, representa a nuestro pueblo ante los dioses y los hombres.

—Dame tu consejo, Gran Sabedor de sueños, pues el agua que brota de la tierra se aleja a cada sol. Racionamos cada grano, cada fruto y cada flor. El gobernante asegura que tendremos suficiente para tres veranos, pero nuestras cosechas se secan bajo el yugo del calor.

—El gobernante muestra lo que el pueblo clama, pero ocultar las grietas no las sana.

—Dime, Gran sabedor de sueños, ¿Cómo calmamos la ira de los dioses? ¿Cómo recobramos su favor?

Su corazón palpitó más rápido, buscando salir del pecho que lo cocía. El viejo bajó la vista, sin mirarlo. Sus ojos blanquecinos estaban absortos en la nada. Con calma, respondió.

—El gran ceibo no muere en un día. Su sangre deja de fluir de a poco. A cada luna, sus retoños se hacen escasos y sus raíces se aferran a la tierra inerte hasta que su corteza deja de latir. Como todo lo que nace, tiene que morir. El destino del pueblo maya…

El joven, de corazón puro como el viento, no alcanzó a escucharlo. Su cuerpo giró en un remolino veloz. Perdió el conocimiento y se desmayó.

La noche era caliente, implacable. Al despertar de su sueño tenía cincuenta veranos. Las ramillas de su lecho reposaban empapadas con sudor. Era un anciano, de corazón puro como el viento, era el Sacerdote Astrónomo de los Mayas de Chichén Itzá. Su aprendiz le ayudó a incorporarse.

Al caminar hacia la otra habitación, no pudo evitar pensar en la comida que le esperaba. Pero también le esperaban los sacerdotes de Kabah, Uxmal y Labná.

Los pueblos hermanos padecían la misma hambre, la misma sed. La civilización completa perecía inevitablemente a la sequía. Ellos le rodearían con sus caras ansiosas, mientras él se desperezaba de su trance. Demandarían respuestas, pero él no las tenía.


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CGA260220 – Sobre esta Leyenda maya
Esta leyenda sobre civilización maya entrelaza sueños sobre el destino con la decadencia de un pueblo que busca respuestas en antiguos rituales. El relato sugiere que, más allá de la voluntad humana, existen fuerzas inevitables que marcan el curso de toda civilización.

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