Caminas por una calle familiar. Recuerdas los edificios, de hace mucho tiempo. Al andar, notas tus brazos delgados mientras das trompicones con las piernas cortas. Sabes lo que viene, sin saber cómo. Lo anticipas, lo añoras, lo sientes. Sabes que cuando entres por esa puerta de la izquierda junto a la zapatería, ahí estará tu abuela.
No la ves desde hace mucho tiempo. Nadie la ve desde hace mucho tiempo. Pero recuerdas bien su aroma protector, sus brazos seguros. Recuerdas el calor de sus manos suaves que podían levantarte sin hacerte daño. Quieres abrazarla, quieres verla de nuevo. Solo una vez más, solo hoy, solo ahora. No quieres despertar. Quieres revivir ese abrazo, vivir en él toda la vida.
Entras en la casa, ¿o… es un taller? No lo recuerdas bien, mas no tiene importancia. Lo importante es que ella estará ahí y avanzas por el recibidor. No hay nadie contigo, pero conoces el camino. El instinto te indica a dónde ir y tú lo sigues.
Pasas una pequeña habitación con luz ambarina y la reconoces. Tiene la mesa pequeña y la silla con la pata rota. Ahí es donde mamá remendaba ropa cuando recién se había casado con papá. Es más pequeña de lo que recordabas. En realidad, no la recuerdas, solo sabes que existió por fotos antiguas, cuadradas, teñidas de tiempo. Nunca habías estado en ella, ni en aquel lugar. Lo habían vendido antes de ti, antes de que tu mundo cambiara y dejara de consistir en jugar y divertirse, antes de tus recuerdos fueran reales.
Llegas a la siguiente habitación y ahí están todos. Se ponen de pie para recibirte. Tu abuelo está de primero. Lo saludas, también la extrañas. Tampoco lo has visto desde hace mucho tiempo. Nadie lo ha visto desde hace mucho tiempo. Sus manos grandes te rodean, te oprimen las costillas y sientes su exhalación tibia cerca de la mejilla. Es alto, serio, tal como lo recuerdas. Lleva esa camisa color arena que siempre te pareció de una elegancia de otra época, aunque para él, era la ropa de diario.
Junto a tu abuelo están sus cuñadas, no todas, pero sí las que recuerdas. La tía… ¿cómo se llamaba esa tía? No importa. Era hermana de tu abuela y le decías tía, y la saludabas porque así te lo enseñó tu madre.
Por fin, al fondo de la habitación, bajo el lienzo de frutas de marco dorado, tu abuela se levanta del sillón de terciopelo. La miras a los ojos y notas que se perlan de humedad. Está hermosa con ese bonito vestido que tantas veces le viste usar. Te está esperando.
Mientras te acercas, pasas junto a un niño. Es regordete y pecoso. A él también lo reconoces, lo conoces de grande. Lo verás cuando regreses, él será adulto y tú también.
Llegas junto a tu abuela y ella se inclina ligeramente. La abrazas. Tus pies dejan el suelo por un segundo, mientras te hundes en su vientre cálido, mientras experimentas su amor. Extrañas sus consejos y sus caricias. Y últimamente, sus consejos te hacen mucha falta. Hay tantas cosas que preguntarle.
Cuando regreses, cuando seas mayor de nuevo y tengas dudas por resolver, ella no estará ahí para responder. Pero ahora que tu cuerpo es pequeño e infantil, te dejas envolver por su bondad. Si despiertas se irá, quieres quedarte más tiempo. Ahora recuerdas haber leído que, si en un sueño das vueltas, permaneces en él. La abrazas más fuerte, sin soltarla.
CGA260522 – Sobre este texto
Este relato sobre abuela y sueños explora la memoria afectiva desde la mirada de la infancia y la pérdida. Entre sueños con familiares fallecidos y recuerdos suspendidos en el tiempo, la narración construye un cuento nostálgico sobre la infancia, donde el abrazo se convierte en refugio, despedida y permanencia.
También te puede interesar: La pirámide seca
Esta obra pertenece a la categoría de: Relatos diversos