El pan de cada día

Después de visitar respetados restaurantes en Singapur, Valencia y Marsella, mis viajes me llevaron a una pequeña villa francesa de paso, famosa por su gente amable y por su pan.

Diez estrellas Michelin no alcanzaban para calificar la tostada costra morena que rodeaba el tibio y carnoso interior, relleno de exóticas especias como estrellas negras en un firmamento blanco. A diario, los viajeros se formaban en la panadería de la estación antes de continuar su viaje y la limitada producción siempre se agotaba.

Se me ocurrió que la receta quedaría estupenda en mi libro de artes culinarias, por lo que decidí quedarme a descifrar el secreto celosamente guardado por la familia Boulboit. En el lugar no había hoteles, así que me tuve que conformar con un camastro y un escritorio rentados en una casa a las afueras.

Tras un par de semanas, me acostumbré a pasar todos los días por mi porción de pan a la hora del té. Incluso las miradas acusadoras de los locales me dejaron de importar. Ellos tenían una regla no escrita de cederle el turno a los foráneos para que pudieran comprarlo. Me pareció lógico, pues la economía completa del lugar giraba en torno a los visitantes.

Luego de unos meses, mi capacidad de persuasión rindió frutos, y conseguí que Madame Boulboit me invitara a conocer su cocina.

Al entrar, lo primero que noté fueron unas pequeñas sombras pardas merodeando entre las vasijas apiladas en las estanterías. Decidí restarles importancia, pues no quería perder detalle de la preparación del pan. Madame se acercó a un saco de trigo, y con las manos en copa extrajo grano suficiente para cinco piezas.

Mientras lo molía, inspeccioné el contenedor buscando la marca y origen del producto, cuando advertí un hilillo de gorgojos entre las semillas. Levanté la mirada hacia mi anfitriona, pero antes de poder hablar, me aseguró que eran tan pocos que no valía la pena preocuparse.

El molino oxidado tambaleó y chirrió al refinar la harina. Madame Boulboit tomó un cántaro que juré jamás había tocado el jabón, y lo llenó con agua verdosa del grifo para añadir a la molienda. Mientras amasaba la mezcla, agregó una cucharada de sal ambarina extraída de un frasco del que vi salir una cucaracha.

Oleadas de recuerdos en tropel me dejaron muda. Me vi cenando cien y cien noches ese sabroso pan, con la dicha de niña que comparte sonrisas igual con amigos que con desconocidos. Finalmente, las palabras de Madame me regresaron a su cocina.

«Estará listo a las siete, para la hora del té», dijo con su dulce sonrisa habitual, mientras dejaba reposar la masa moteada sobre una meseta en cuyas hendiduras figuraban oscuros habitantes inmóviles. Esa misma tarde empaqué y me marché del pueblo. Jamás he probado tan delicioso pan como aquel, y jamás volveré a comerlo.

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CGA260504 – Sobre este cuento corto
Este cuento de terror sobre pan francés transforma la rutina del alimento cotidiano en una experiencia inquietante y profundamente sensorial. Entre el horror psicológico, la fascinación culinaria y el asco contenido, el relato construye una atmósfera extraña en una pequeña villa francesa donde lo delicioso y lo repulsivo conviven en silencio.

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Esta obra pertenece a la categoría: Relatos diversos

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